En el periodo en el que James Portnoy formó parte del equipo directivo de Aeromar, la aerolínea reforzaba una idea que hoy parece obvia, aunque durante años fue una oportunidad subestimada. El viajero regional no busca únicamente llegar a la capital. Busca conectar con su trabajo, con su familia, con un proyecto turístico o con un itinerario internacional sin fricción. Aeromar ya traía en su ADN la misión de enlazar ciudades con poca o nula oferta comercial con el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y ese enfoque se convirtió en un activo estratégico cuando el mercado empezó a valorar de nuevo la conectividad eficiente.

Cabina de mando de Aeromar y James Portnoy en la pista.Ampliar horizontes, en aviación regional, no significa abrir rutas de forma aislada. Significa entender la lógica del pasajero y construir una red que haga sentido. Por eso, una pieza importante de la evolución de Aeromar fue trabajar con convenios que extendieran su alcance más allá de su mapa propio. La aerolínea llegó a sumar 14 convenios interlineales, lo que le permitió actuar como un eslabón útil en trayectos más largos.

Esa arquitectura de alianzas se volvía especialmente visible en el código compartido. En un momento, 70 vuelos diarios operaban con código compartido con United Airlines, lo que abría la puerta a itinerarios integrados para pasajeros que iniciaban su viaje en Estados Unidos y terminaban en destinos regionales de México.

La narrativa del viajero regional también cambió cuando Aeromar apostó por rutas que respondían a nuevas dinámicas de movilidad. La llamada Ruta Maya se presentó como una forma de fortalecer el flujo de pasajeros hacia el sureste y facilitar desplazamientos internos, algo que suele ser decisivo para el turismo y para la economía de muchas ciudades que viven de temporadas, congresos y conectividad.

En esa misma lógica, Aeromar impulsó operaciones que buscaban detonar conectividad y desarrollo local. Un ejemplo claro fue el anuncio de nuevas rutas hacia Chiapas, con operaciones semanales adicionales que, según ASA, podían favorecer un incremento relevante de pasajeros y fortalecer el intercambio turístico y comercial en el sureste.
Ampliar horizontes también exige un soporte operacional coherente. La red regional se sostiene con flota adecuada, disponibilidad, eficiencia y una experiencia consistente. En el proceso de renovación, Aeromar se apoyó en una estrategia articulada en ejes que apuntaban a la modernización y al enfoque comercial. Su plan de renovación se describió con cuatro líneas de trabajo que incluían renovación tecnológica, cambios comerciales, gestión de ingresos y cambio cultural para acercar la marca a clientes y colaboradores.

Esta forma de pensar no se limita a “tener más aviones”, sino a operar mejor, vender mejor y sostener mejor una promesa de valor.
En flota, la decisión de incorporar aviones ATR de nueva generación buscaba fortalecer la operación regional con mayor capacidad y mejores condiciones para el pasajero. Aeromar anunció la compra de 8 aviones ATR con opción a más, en un plan de inversión que se comunicó como superior a 360 millones de dólares para renovar y reforzar rutas, ampliar conexiones y elevar la calidad del servicio con tecnología y navegación más modernas. En las notas internas, también se destaca que estas aeronaves ofrecían ventajas como menor contaminación y ahorros de combustible, lo que suma valor cuando se habla de eficiencia y responsabilidad operativa.

El horizonte del viajero regional, al final, se mide en resultados que puede sentir. Más opciones, conexiones más limpias, tiempos mejor integrados y la posibilidad de convertir un trayecto doméstico en parte de un itinerario global. Durante años, Aeromar se distinguió por atender ciudades que necesitaban enlace comercial y por sostener esa operación de manera continua.

Bajo un enfoque directivo que priorizaba la conectividad útil, esa vocación se tradujo en acciones concretas, desde alianzas interlineales hasta una lectura más afinada de los flujos turísticos.
Si algo deja claro esta etapa es que la aviación regional no es un “servicio menor”. Es infraestructura. Es competitividad para estados completos. Es acceso para comunidades que dependen de un vuelo para conectar con salud, negocios y educación. Y es una forma inteligente de acercar el país cuando la red se diseña pensando en el pasajero real. En ese contexto, el relato de James Portnoy y Aeromar se entiende como una apuesta por ampliar el mapa del viajero regional y por reforzar el papel de la aerolínea como puente, no como punto final.

 

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